José Mármol: El autor a quien se dedica la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo 2026
Para redactar esta entrevista, me propuse realizarla en una biblioteca, pues no encuentro un espacio más apropiado para conversar con José Mármol, a quien llamo maestro por respeto y admiración. Poeta, ensayista e intelectual, es una de las figuras más relevantes de la literatura dominicana contemporánea y una voz de referencia en el ámbito latinoamericano. En 2026 será el autor homenajeado de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, una distinción que reconoce una trayectoria dedicada a la palabra, el pensamiento y la cultura.
En esta conversación, Mármol comparte lo que significa recibir este reconocimiento en este momento de su carrera, pero también nos permite acercarnos a una dimensión más íntima de su vida. Habla de la paternidad, de cómo la crianza de sus hijos, Yasser y Alberto convivió con la escritura y de la nueva etapa que hoy disfruta como abuelo.
Esta entrevista nos invita a conocer al escritor más allá de su obra: al padre, al abuelo y al hombre que ha construido su legado entre letras, afectos y aprendizajes compartidos.
Al recibir la dedicatoria de la Feria Internacional del Libro, ¿cómo recibió la noticia y qué significa este reconocimiento en este momento de su vida y su trayectoria?
Esa mañana me encontraba respaldando el reconocimiento que el Senado de la República tributaba a tres escritoras: Jeannette Miller, Soledad Álvarez y Emelda Ramos, así como a monseñor Diómedes Espinal de León, obispo de la Diócesis de Mao-Montecristi. A las escritoras, por sus respectivas y destacadas trayectorias; al obispo, por sus invaluables servicios pastorales y sus luchas en favor de las comunidades. Justo antes de iniciar el acto, recibí la llamada telefónica del viceministro de Identidad Cultural y Ciudadanía, el poeta Pastor De Moya, quien preside la Comisión de Selección del Autor Homenajeado para la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Me dio la grata noticia de que había sido escogido por unanimidad por la Comisión. Fue una verdadera sorpresa. Es una altísima distinción, un singular honor, que he recibido con humildad y con la mayor gratitud. Es, además, la onerosa carga de un compromiso generacional que, sin proponérmelo, me hace representar a un conjunto de valiosos escritores e intelectuales de mi país.
Al mirar atrás, ¿cuál considera que ha sido el principal mensaje de su obra para los jóvenes lectores y escritores?
Señalaría dos aspectos troncales en mi manera de concebir la creación literaria. Primero, tener conciencia de que la cuestión central y fundamental de la literatura es el problema con el lenguaje: todo lo que implica asumirlo como la materia prima de la obra escrita. Porque, en definitiva, la obra literaria es un hecho de lengua y el compromiso mayor de un escritor debe ser con esta y sus atributos, antes que con alguna ideología, sea social o estética, o con algún manierismo. Segundo, que existe una relación simbiótica entre el lenguaje y el pensamiento y que, en consecuencia, la poesía, por ejemplo, en la medida en que es un constructo de lenguaje, es, a su vez, un concreto de pensamiento. Este aserto rompe con una tradición occidental que tendía a separar la poesía y la filosofía, cuando, desde los orígenes del pensamiento, en tiempos presocráticos, en tiempos del naturalismo filosófico, el conocimiento derivaba de la relación entre el mito y el poema. La más alta filosofía heraclítea o parmenídea, para solo citar la gigantomaquia del pensar antiguo, está escrita en lenguaje poético.
Usted ha sido testigo y protagonista del desarrollo cultural dominicano. ¿Cómo valora el panorama literario actual?
Nuestra literatura vive hoy día un momento de esplendor. Hay un marcado talento en las generaciones actuales y de relevo, el cual podemos apreciar en la obra de jóvenes autores de poesía, prosa creativa y prosa ensayística. Asimismo, las obras de autores consagrados, en distintos géneros, han despertado el interés de editoriales de España y Latinoamérica, lo que ha impulsado la proyección de nuestras letras en otras culturas y mercados, especialmente los hispanohablantes. Falta todavía bastante camino por recorrer. La internacionalización de la Feria del Libro de Santo Domingo, un logro del extinto escritor y exministro de Cultura, el querido amigo José Rafael Lantigua, ha puesto nuestra literatura en contacto con importantes autores y relevantes sellos editoriales internacionales. Ese legado ha sido continuado por sucesivos titulares del Ministerio de Cultura, y la actual gestión del ministro Roberto Ángel Salcedo viene poniendo énfasis en ello. Un capítulo pendiente es la traducción de obras de autores dominicanos a otras lenguas. Ello ampliaría nuestro espectro y despertaría aún más interés por la literatura dominicana, tanto en las editoriales como en los estudios académicos, la crítica con criterio y los lectores en general.
Tradicionalmente se piensa en el escritor como una figura solitaria que necesita silencio. En su caso, ¿cómo convivieron la crianza de sus hijos, la creación poética y el pensamiento filosófico?
Por definición, el escritor es un ser que va a sentirse solo aun en medio de la muchedumbre. Tiene, como sugería Umberto Eco, la particular tarea de amueblar un mundo. Es una tarea que se nutre de la propiedad colectiva de la lengua, pero su ejecución y articulación se llevan a cabo en desgarradora soledad, sobre todo si se encuentra en el centro de la génesis del proceso creativo. Hay bastantes mitos y leyendas acerca de lo que un escritor necesita para escribir: un espacio, una indumentaria, una música, una mesa específica, unas horas, un paisaje, en fin. Para mí, escribir y pensar es vivir. Y la escritura ha ido brotando conforme he ido siendo parte de la vida familiar, del trabajo, de los viajes, incluso de las enfermedades. Nunca me he encerrado literalmente para escribir. Lo hago a puertas abiertas, y mis hijos y mi esposa han tenido siempre acceso a mí. Tengo una relativa ventaja porque trabajo en las madrugadas, y no solo ellos, sino casi todo el país, ha estado dormido. Cuando Yasser y Alberto eran bebés y despertaban durante la madrugada, yo soltaba los libros y la maquinilla de escribir, les preparaba la leche, les cambiaba el pañal y los dormía de nuevo, con un libro abierto y un cuaderno de notas, en una mecedora. Ya dormido uno o el otro, entonces lo llevaba a la cama junto a su madre. Esa labor de paternidad ha convivido con mi poesía y mi pensamiento. Ahora lo practico cuando van los nietos a pasar un tiempo o un par de noches con nosotros.
La poesía afina la sensibilidad ante el mundo. ¿Procuró transmitirles a sus hijos el amor por la palabra, la lectura y el arte, o prefirió que encontraran sus propios caminos con libertad?
Creo que, más allá de la poesía, las artes en general producen ese afinamiento de la sensibilidad ante el mundo. Fuimos muy cautos con no imponer a nuestros hijos el amor por la lectura, un oficio o una profesión. Ellos observaban cómo su madre y su padre dedicaban horas al estudio, y cómo hacían de los libros sus mejores compañeros. Entonces, se interesaron libremente por leer e iban con nosotros a seleccionar sus libros de interés en las librerías. Pero, ambos decidieron luego estudiar música. Lo hicieron por alrededor de cuatro años, en la Escuela Elemental de Música Elila Mena. Yasser el piano. Alberto el chelo. Sin embargo, conforme la afición por las pantallas y los videojuegos fue ganando su atención, dejaron de lado la música y disminuyó su interés por la lectura, especialmente, de la colección Barco de Vapor, entre otros. Les dimos libertad para que, como bien dices, escogieran sus propios caminos. Estudiaron las carreras que eligieron y les apoyamos. Hicieron las maestrías que entendieron necesarias y les apoyamos. Hoy, Yasser lee bastante y escribe artículos sobre creatividad y comunicación estratégica. Alberto, por su parte, combina las fuentes electrónicas y el libro físico. Su interés más marcado es el mundo de los deportes. Ambos son excelentes profesionales. Y más aún, seres humanos de una enorme riqueza espiritual y de un profundo sentido de la convivencia. Creo que el lenguaje simbólico de las artes en su infancia contribuyó a echar los cimientos de lo que son hoy día. Nos sentimos muy orgullosos de ambos y de la forma en que han asumido una paternidad amorosa y responsable.
Muchos autores dicen que sus libros son como hijos. Desde la mirada de un creador, ¿encuentra semejanzas entre la paternidad y el proceso de escribir un poema?
En mi caso se da algo fuera de lo común. No considero mis libros como hijos míos, aunque soy responsable de su nacimiento. Ese sentido de propiedad lo transfiero, más bien, y por derecho, al lector. Un libro no se hace realidad si no encuentra al lector que lo descubra. El lector redondea la génesis de la escritura creativa; de lo contrario, la escritura sería una suerte de soliloquio. La escritura de un poema es un acto de urdimbre simbólica, único e irrepetible. Ahora bien, en lo que sí se me parece un poema a un hijo es en el hecho de que ambos pueden ser infinitamente perfectibles.
¿Cuál ha sido la mayor lección que le han enseñado sus hijos y qué es lo que más disfruta hacer con ellos cuando deja a un lado sus responsabilidades como ejecutivo y escritor?
La mayor lección que he recibido de mis hijos ha sido mostrarme el camino para ser un padre responsable, amoroso, comprensivo y sensible. Eso, al menos, he procurado. La vida junto a ellos y a su madre, mi esposa Soraya, ha sido un largo, hermoso y fructífero camino. Ellos son el poema del que sentiría el mayor orgullo de ser coautor. Ha sido una obra escrita a cuatro manos. Con ellos disfrutamos cada instante. El domingo es nuestro día de convivencia. Están ellos, sus esposas y nuestros nietos. No obstante, nosotros tres, padre e hijos, tenemos en nuestras agendas una reunión periódica, fuera de nuestros hogares, en la que hablamos de asuntos familiares e individuales, así como de proyectos, desafíos y metas laborales, planes profesionales, iniciativas relacionadas con la educación de sus hijos y la relación de cada uno consigo mismo y con su madre. Es un espacio íntimo que valoro inmensamente. Nos respetamos y nos amamos. Y siempre hay lugar para aconsejar y para escuchar, para reír y para llorar, para soñar y despertar.
¿Cuál considera que es hoy el papel fundamental de un padre en la formación de seres humanos íntegros y sensibles?
La responsabilidad por excelencia de un padre en estos tiempos es superar, y no solo complementar, la función de la escuela en la formación integral y humanística de sus hijos. Estamos viviendo los retos de un tiempo marcado por la pérdida de vínculos humanos y la dilución del sentido de compromiso con el otro. Pero también, y por contraste, vivimos las bondades de una nueva paternidad, que procura un mayor compromiso con las tareas de la crianza, una mayor compenetración con deberes que fueron considerados, por herencia patriarcal, exclusivamente maternos y, por supuesto, una paternidad que se identifique con la ternura, el amor y la expresión de afecto hacia sus hijos. Ante el reto de la digitalización, entendida como ruido y culto a los algoritmos, y de la usurpación de la atención humana por el embeleso ante las pantallas, los padres de hoy deben inculcar valores humanísticos —del humanismo clásico, quiero decir— en el proceso interminable de formación de los hijos por el camino de los valores universales. Es una tarea indelegable que debe llevar y preservar el sello de la auténtica paternidad.
Más allá de los premios literarios y el reconocimiento público, ¿cómo le gustaría ser recordado por sus hijos en la intimidad de la vida cotidiana?
En todo caso, quisiera ser recordado por lo que logramos construir juntos, por lo que aprendimos juntos, por lo que compartimos y por aquello que nos hizo, al mismo tiempo, semejantes y diferentes, unidos y únicos. Que sea inolvidable en ellos aquello de mí que no pudo haber sido sino por ellos mismos, por lo que ayudaron a construir en mi propia personalidad, en mi carácter y en las sendas de mi propia vida.
Si tuviera que elegir un verso de su obra o una sola palabra para dedicársela a sus hijos como legado de amor y guía, ¿cuál sería y por qué?
Es una pregunta muy difícil de responder, pero lo intentaría rescatando estas dos líneas de un poema titulado Dádivas del tiempo, de mi libro Lengua de paraíso, de 1992, que rezan:
“El tiempo te da siempre cuanto creas y destruyes, / risas y llanto, música y silencio, transparencia y color”
¿Por qué? Porque el tiempo es la esencia, lo primero y lo último, el anverso y el reverso, el antes y el después de la existencia humana. En definitiva, somos tiempo, como reclamaba Martin Heidegger. Es más, somos apenas un instante que tiene por detrás un largo y no siempre conocido pasado y, por delante, un incierto porvenir. El éxtasis de vivir nos conduce a la inevitable senda de morir. Mi mejor forma de amarlos es hacerlos comprender la inevitable finitud de la vida, pero también invitarlos a vivir la inagotable fuente del amor.
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