Una vez escuché a un grupo de personas conversar sobre lo más loco que han hecho por amor. Cada historia superaba a la anterior en cuanto a lo excéntrico, riesgoso y descabellado. Cada quien estaba convencido de que podía lograr lo inimaginable con tal de estar al lado de esa persona a quien consideraban, en ese momento, el amor de sus vidas.
Me pregunto qué sucedería si ese mismo empeño, arrojo y coraje lo pudiéramos aplicar a la relación más importante que deberíamos aspirar a tener: sí, esa misma, con nosotros mismos. ¿Qué no lograríamos? ¿Qué sería imposible para nosotros? ¿Qué nos limitaría?
Sin embargo, parece que estamos dispuestos a ser lo que sea por conquistar a otros, pero hacemos muy poco por agradarnos y, muchas veces, por estar de nuestro lado.
Para buscar una explicación a esto, necesariamente debemos acudir a nuestra infancia. Es allí donde aprendemos sobre el amor y cómo vincularnos. Aprendimos, de alguna manera, a amar a los demás por encima del amor y el respeto que tenemos que tener por nosotros, violando así toda lógica y, si se quiere, el mandato cristiano, para los creyentes, de amar al prójimo como a uno mismo, no más que a uno mismo.
Aprendimos que las necesidades de los demás están por encima de las nuestras. Asimilamos que el otro es más importante, que contar con la aprobación y la elección de los demás definiría nuestro valor y, por ende, cuando no la obtenemos, nos fustigamos y nos catalogamos como un fracaso, obviando que la elección que hace el otro no dice nada de nosotros.
La consulta está llena de personas que ponen empeño en llamar la atención de alguien. Algunas no miran las señales de que no hay interés, pero persisten como adictas, porque entienden que solo valen o se pueden mirar a través de la mirada del otro. Otras, más vulnerables, depositan su bienestar absoluto en lo que ese otro les pueda dar, llevándose grandes disgustos cuando, por una razón u otra, no son miradas.
Aquí nace la pregunta que titula esta columna: ¿Y si la relación más importante es conmigo? ¿Y si es hora ya de dejar de esperar por un salvador o salvadora? ¿Y si me empeño en tener una relación conmigo primero y luego pienso en cómo tener una relación con alguien más?
Hay un ejercicio que hago en sesión y que quiero compartir con ustedes. Les pido a los pacientes que hagan un listado de esas cosas que esperan recibir de los demás: respeto, confianza, cariño, escucha, que me presten atención… Luego les digo: ¿y tú, haces eso por ti? ¿Por qué esperar que eso venga del otro cuando no soy capaz de hacerlo conmigo?
Tal vez hoy podamos comenzar por ahí. Si espero respeto, ¿me trato con respeto? Si necesito que me escuchen, ¿me permito escucharme? Si deseo cariño, ¿cómo me estoy tratando cuando cometo un error? Si necesito que alguien confíe en mí, ¿confío yo en mis propias capacidades?
No se trata de dejar de necesitar a los demás. Somos seres humanos y necesitamos vínculos, afecto y compañía. Se trata de no convertir al otro en el único responsable de aquello que también podemos empezar a ofrecernos nosotros mismos. Amarnos no significa elegirnos por encima de todos, sino aprender a no abandonarnos para conseguir que otros nos elijan.
Hoy te invito a preguntarte: ¿Estoy buscando en los demás algo que todavía no he aprendido a darme a mí mismo?
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