Arte y Literatura

El arúspice toma su día libre y sale a divertirse. Camina por veinte minutos. Entra a una plaza comercial. Merodea por los pasillos y cuando alcanza a ver una terraza de café muy concurrida, se decide a probar suerte. Anda con una vestimenta estrafalaria. Entra y se acerca a un hombre solo, que ocupa una mesa. Está pensativo, con una taza humeante de café; y él le dice: Disfruta tu café a plenitud. Mañana mueres.

La pareja de la mesa vecina escucha; y el hombre, en silencio, mira al arúspice que se acerca. Ante él no espera que hable; se levanta, toma a la mujer de la mano y abandonan la mesa.

El arúspice gira, aborda a la segunda pareja; y, le dice a la mujer: El hombre de la chaqueta negra no te quita la mirada. Sí, ese de allá que está solo, en aquella mesa. Se llama Antoine. ¿No es tu amante?

Se mueve a otra mesa. Hay una pareja. Este hombre no te ama. Míralo. Está engañándote; y su amante es Lucia, tu mejor amiga.

En otra mesa dice: Yo sé que la amas, profundamente. Y te casaste con ella por amor. Amas a tu familia, pero te aseguro que tú no eres el padre de estos dos niños.

Una mujer sola ocupa una mesa apartada. Mira la taza de café vacía. Reflexiona. Tiene el rostro amargado y en su cuello cuelga una cadena de plata con una perla y un trébol de cuatro hojas. Ese hombre no volverá a tu vida, Miriam -dice el arúspice, con una mano sobre su hombro. Resígnate y olvídate de él, porque ya tiene nuevos caminos. Entiéndelo. Márchate… él te borró de su vida.

En otra mesa. Vaya, Genoveva, qué sorpresa. ¿Tu nuevo amor? ¿Ya él sabe de lo que eres capaz? Veo por la expresión en su rostro que está en Babia. ¿Nunca se enteró? Todavía no le cuentas que pusiste a un hombre al borde del suicidio. A un paso de la locura. Hablen. Tienen tiempo. Y disfruten su momento… El café de Indonesia tiene buen sabor, claro, con canela y poca azúcar.

En la mesa siguiente, a la derecha. ¿Y tú? Eres joven, mujer. Piensa. Míralo bien, sin apasionamiento. ¿No es un anciano? Entre él y tú hay una barrera de 30 años. Hace tiempo que guardas un secreto. Él, con esa edad, todavía anhela ser padre y tú no quieres tener hijos. Llegó el momento de soltar esa carga tan pesada. Decídete. Ármate de valor. Habla ahora con él, confiésale tu secreto.

El tiempo se volvió gris. Las mesas, tazas y sillas rodaron. ¿Qué sucede? El arúspice está atónito, desconcertado. En el café hay una estampida en curso.