Hace nueve años escribí un reportaje para Listín Diario con el enfoque del título que tiene este artículo. Expertos en sismología que consulté para redactarlo llegaron a la conclusión de que nuestro país no está preparado para un gran terremoto, como los sismos de 7,2 y 7,5 en la escala de Richter ocurridos en Venezuela, el pasado 24 de junio.
Casi una década después, poco ha cambiado en República Dominicana en materia de prevención sísmica y de mitigación de desastres a causa de sacudidas tan devastadoras como las acaecidas en la patria del libertador Simón Bolívar.
Y sé que muchos argumentarán que ninguna nación, sin importar el desarrollo que ostente, está preparada para eventos de esa magnitud. En parte tienen razón. Pero cuando se habla de preparación, de ninguna manera tiene que ver con los daños impredecibles que podría ocasionar un poderoso temblor de tierra, aunque hasta en ese aspecto se pueden reducir los efectos catastróficos, si se construye con apego a normas antisísmicas y a una rigurosa supervisión.
El ejemplo más doloroso en ese sentido lo vivimos en la madrugada del 8 de abril de 2025 con el desplome del techo de la discoteca Jet Set, con un balance de 236 fallecidos y cerca de 180 heridos.
No tuvo que mediar un sismo para que ese fatal evento ocurriera. Y si hubiese sido así, hoy ni siquiera habría un proceso judicial contra los propietarios del establecimiento por deficiencias en la construcción y por cambios introducidos al centro de diversión, obviamente sin la debida supervisión del Estado.

Precisamente, uno de los aspectos preocupantes expuestos por los expertos que entrevisté en aquella ocasión son las construcciones sobre suelos blandos que amplifican el espectro sísmico y las edificaciones informales levantadas sin la fiscalización del Estado.
Pero como solemos ser tan coyunturales al momento de enfrentar males sociales que arrastramos hasta desde que somos República, citaré otras puntualizaciones de interés que me compartieron esos profesionales, sin importar el criterio de quienes piensan que tratar el tema sísmico es ser ave de mal agüero.
Con ese juicio pasa igual que con aquellas personas que adquieren su sepultura y cobertura para honras fúnebres, aunque en ese momento gocen de una excelente salud. Simplemente son preventivas. Otras solo lo hacen cuando padecen una enfermedad terminal y, en el peor de los casos, están quienes dicen que “resuelvan los vivos”.
Un primer detalle es una cruda realidad a lo largo y ancho de la isla Española de la cual no podemos sustraernos y, por tanto, tampoco pasar por alto: Hay por lo menos una docena de fallas sísmicamente activas, y algunas de ellas con potencial para producir terremotos de magnitud superior a 7 y tsunamis.
Eso explica los constantes microsismos que ocurren en el país y que ahora, a raíz de los terremotos en Venezuela, de manera coyuntural generan tanto espanto.
Aunque parezca incómodo leerlo o escucharlo, otra advertencia de esos expertos en sismología es que, con un terremoto por encima de 7 en el país, hay que esperar muchos edificios en el suelo y un saldo elevado de fallecidos. Si lo dudamos basta ver las fotografías y vídeos compartidos en redes sociales sobre la magnitud del reciente evento en Venezuela.
Casi dos lustros después de esas puntuales y orientadoras observaciones hay algo que tampoco ha cambiado cuando se habla de sismos en República Dominicana: El miedo a que la tierra se mueva.
Si como yo, amables lectores, deciden buscar una definición del miedo, encontrarán que es una emoción natural de supervivencia provocada por la percepción de un peligro, ya sea real o imaginario. Su función principal es activar una respuesta de alerta inmediata para protegernos, impulsándonos a huir, luchar o paralizarnos ante una amenaza.

Y a mí me encanta la parte de “respuesta inmediata” y “luchar”, como las mejores opciones, en lugar de seguir obviando ese sonido del río que en algún momento agua puede traer.
Si como respuesta nos quedamos en la alerta, como aquella que recibiríamos por el celular, pero que no se activó con una reciente sacudida en Punta Cana, o con los simulacros de evacuación de inmuebles, simplemente seguiremos rezagados y descuidados.
Como también sugirieron esos expertos, se requiere vigilar que estructuras diseñadas para recibir un público masivo, como escuelas, iglesias, hospitales, instalaciones deportivas, centros de diversión y torres residenciales, se construyan sobre rocas calizas rígidas que atenúan el efecto sísmico.
En el caso de inmuebles sobre terreno blando, obligar a los constructores a remover la capa superior de los suelos flexibles y a colocar un aislante sísmico entre la zapata y la columna.
Una decisión inaplazable –el caso Jet Set ha sido nuestra principal clarinada- es realizar estudios de vulnerabilidad en viejos edificios públicos y privados, sin el foco principalmente, como hasta ahora, en los negocios de ciudadanos chinos.
Se requiere, además, un riguroso régimen de consecuencias para someter a la justicia a los constructores de estructuras colapsadas o averiadas por un evento hasta insignificante, especialmente en inmuebles que congregan a mucha gente.
Otra realidad que deberíamos someter como país a un debate enriquecedor y fructífero es evaluar, como me expusieron esos expertos en sismología, qué tan rápido somos capaces de retornar a la vida normal después de un terremoto, tomando en cuenta que muchas actividades económicas quedan paralizadas y la asistencia internacional llega en el momento, pero con el tiempo se enfría. Haití, nuestro vecino más cercano, es un elocuente ejemplo con el devastador sismo que vivió el 12 de enero de 2010 y del cual todavía no se recupera económica y estructuralmente.
Aunque República Dominicana fue el primer país que acudió con ayuda y personal para brindar asistencia a Venezuela, para nadie es un secreto que arrastramos carencias de equipos apropiados para buscar sobrevivientes bajo estructuras colapsadas. Y perdonen que utilice el caso Jet Set otra vez como ejemplo, pero tan solo imagínense ese evento replicado con un poderoso sismo en múltiples escenarios y no tan solo con un techo colapsado, sino estructuras completas.
Se requiere un plan bien diseñado incluso para garantizar el transporte de socorristas y personal de salud, tomando en cuenta que vías troncales podrían quedar inhabilitadas.
¿Hemos definido cómo trasladar a decenas de heridos y lesionados a centros médicos si quedaran inhabilitados puentes, pasos a desnivel o elevados que comunican a las ciudades?
Un detalle en que hemos avanzado ha sido la puesta en servicio del Hemocentro Nacional, pero se requiere arraigar en la población la cultura de donación de sangre, ese tejido tan esencial para garantizar la vida en medio de catástrofes.
El refrán popular: “Cuando veas las barbas de tu vecino arder pon las tuyas a remojar”, resulta una apelación dolorosa en medio de la tristeza que embarga a nuestros hermanos venezolanos, pero necesaria.
El pasado director del Instituto de Sismología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Eugenio Polanco, me dijo aquella vez: “Si observamos los barrios en Santo Domingo, como vive la gente, el día en que ocurra un gran sismo, no se sabe lo que pasará”.
La intención no es asustar, pero República Dominicana no puede seguir de espaldas ante el alto nivel de vulnerabilidad sísmica que prevalece en el país, no solo en la capital, sino a lo largo y ancho del territorio nacional, especialmente cuando se observan tantas construcciones improvisadas hasta sobre promontorios de tierra que dan grima.
Tenemos la opción de seguir con “el miedo a que se mueva” porque tradicionalmente como país no somos precavidos, o, por el contrario, damos los pasos certeros y decisivos para instaurar una real cultura de prevención del riesgo sísmico y de mitigación ante desastres.
Al final, la función esencial del miedo es prepararnos para la supervivencia, así como para dar una respuesta rápida y eficaz ante una amenaza.
La vulnerabilidad sísmica en el país amerita una atención permanente, no exclusivamente si ocurre un temblor que alarma a la sociedad dominicana o cuando otra nación padece el impacto de un devastador terremoto.