Hay cosas que en el deporte pueden discutirse. Hay decisiones técnicas que admiten posiciones encontradas. Pero destruir o comprometer una infraestructura que costó millones de pesos, que fue preparada bajo estándares internacionales y que sirve de escenario recurrente al deporte más practicado del planeta, no puede despacharse como un simple daño colateral.
Al fútbol dominicano le están cortando las piernas.
El caso más emblemático es el Estadio Olímpico Félix Sánchez. Para la Copa Mundial Femenina Sub-17 de la FIFA 2024, el Ministerio de Vivienda y Edificaciones (Mived) ejecutó una inversión pública de RD$950 millones en la primera etapa de remodelación del estadio. El terreno recibió un sistema de césped híbrido, preparado para responder a las exigencias de una Copa Mundial FIFA.
Allí se jugaron los partidos mundialistas correspondientes a Santo Domingo. La final entre Corea del Norte y España, disputada el 3 de noviembre de 2024, convocó a 18,410 espectadores, según la cifra anunciada por los organizadores, uno de los mayores registros de público documentados para un partido de fútbol en el país.
Dos años después, el panorama es otro.
Tras los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026, quienes hemos tenido la oportunidad de entrar y utilizar ese terreno hemos podido observar tapas y estructuras de hormigón, registros de cableado, perforaciones e intervenciones dentro y alrededor del área de juego, además de un evidente deterioro del césped híbrido.
No afirmo que el campo haya dejado de cumplir las dimensiones reglamentarias. El problema es que el espacio disponible se ha reducido y existen estructuras rígidas próximas a las bandas. Eso representa un potencial riesgo para futbolistas y árbitros asistentes que, por la propia dinámica del juego, pueden abandonar el rectángulo a velocidad.
Y el Félix Sánchez debe continuar recibiendo fútbol internacional.
Pero el Olímpico no es un caso aislado.
En el Parque del Este ocurrió algo todavía más difícil de comprender. Una instalación utilizada regularmente por Delfines del Este y numerosas organizaciones futbolísticas fue adaptada para el rugby durante los Juegos. Las estructuras para los postes quedaron sujetas mediante bases de hormigón que afectan posteriormente el uso futbolístico.
La consecuencia ya no es teórica: partidos de la Liga Dominicana de Fútbol han tenido que ser trasladados por los problemas generados con el espacio disponible.
Y aquí aparece una cifra que debería obligarnos a reflexionar: solamente en 2026 se habían celebrado allí alrededor de 143 partidos de fútbol y unas 14 organizaciones utilizaban esa instalación.
Ciento cuarenta y tres partidos.
Ese es el verdadero significado de una infraestructura deportiva: no únicamente cómo luce durante una ceremonia, sino cuánto vive después de ella.
El fútbol genera actividad durante prácticamente todo el año: liga profesional, selecciones nacionales, categorías menores, entrenamientos, academias, torneos internacionales y eventos privados. Su frecuencia de uso no es una percepción; se refleja en calendarios, partidos y usuarios.
También habla el público. La final del Mundial Sub-17 llevó 18,410 personas al Félix Sánchez. El partido de leyendas de Real Madrid y Barcelona reunió a 16,462 espectadores pagando entradas. La gran noche de Marileidy Paulino durante el atletismo de Santo Domingo 2026 rondó los 15,000 asistentes.
Esto no pretende restarle un solo mérito al atletismo dominicano, mucho menos a una figura extraordinaria como Marileidy. El atletismo merece instalaciones de primer nivel.
Pero el fútbol también.
Y la historia lo confirma. En 1976, Pelé llevó a decenas de miles de personas al entonces Estadio Olímpico Juan Pablo Duarte. Casi medio siglo después, una Copa Mundial FIFA volvió a colocar ese mismo terreno en el mapa internacional.
República Dominicana nunca ha organizado un Campeonato Mundial absoluto de Atletismo. En cambio, sí organizó una Copa Mundial de la FIFA sobre ese césped.
El debate, por tanto, no debe ser cuál disciplina tiene derecho al Félix Sánchez. El estadio es multipropósito. Precisamente por eso, ninguna adecuación temporal debería comprometer permanentemente el uso seguro y reglamentario de otra disciplina.
Quien recibe prestado un patrimonio público debería devolverlo igual o mejor.
El legado de unos Juegos no puede consistir en dejarle la factura al deporte que llega después. Ahora habrá que recuperar terrenos, remover o adaptar estructuras y posiblemente volver a invertir dinero en instalaciones que ya habían sido adecuadas.
La pregunta final es inevitable: ¿quién responde por haber permitido que al fútbol dominicano le cortaran las piernas dentro de su propia casa?
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