El rugido del río que borró los sueños en las 40: a 22 años de la riada de Jimaní
El domingo 23 de mayo de 2004 se vistió con el gris denso de un temporal que abrazaba a toda la República Dominicana. En el suroeste, el cielo parecía pesar más de la cuenta. Sin embargo, para los habitantes de Jimaní, aquel era un domingo cualquiera, una pausa dominical que transcurría entre el descanso y la rutina.
Al caer la noche, un intenso y monótono aguacero arrulló al poblado. La gente se arropó y se entregó al sueño, con la mente puesta en el amanecer del lunes. Había que madrugar; en el paraje de Malpaso, el bullicio del comercio binacional con Haití aguardaba como cada semana para mover la economía de la frontera, cosa que en esta ocasión no sucedió así.
Los reportes de meteorología ya habían lanzado sus alertas sobre la región, pero el miedo no habitaba en las casas del barrio Las 40. El río Blanco, silente y acostumbrado a sus crecidas, parecía no representar el peligro que luego la población conoció para no olvidar jamás.
El afluente ya había mostrado sus dientes en el pasado con crecidas fuertes. Pero la costumbre es un velo peligroso: el río siempre bajaba, rugía un poco y se marchaba sin mayores consecuencias. "Todo será igual que antes", se consolaron muchos antes de cerrar los ojos. Nadie imaginó que la muerte ya venía bajando por la montaña.
LA NOCHE MÁS OSCURA
Mientras Jimaní dormía, en las altas y desnudas montañas de Haití el agua se acumulaba como una trampa mortal. De repente, la naturaleza perdió la paciencia. El río no solo creció; se transformó en una avalancha furiosa de lodo, rocas y escombros que bajó con la fuerza de un monstruo desbocado.
Sin previo aviso, el torrente embistió la vulnerabilidad de Las 40. El estruendo de las paredes colapsando y el rugido del agua despertaron a una comunidad que no tuvo tiempo de huir. El río arrastró vidas, recuerdos y esperanzas, cobrándose la vida de más de 200 personas que se autoincluían en el despertar normal del otro día.
Al amanecer, el paisaje era desolador. Las 40 ya no existían En su lugar, un desierto de piedras y lodo sepultaba viviendas, calles, tendidos eléctricos y la esperanza de un pueblo. Decenas de viviendas quedaron borradas del mapa, destruidas por completo, y otras afectadas por la penetración del agua, la que se extendió en la parte más baja del centro de la ciudad.
Para los sobrevivientes, atrapados entre el dolor de buscar a los suyos y el shock de la pérdida, el mundo pareció haberse acabado en una de las noches y días más desgarradores que haya registrado la historia de la región sur.
EL ECO IMBORRABLE EN LA PIEL
Hoy es domingo 24 de mayo. Han pasado exactamente 22 años desde que el mapa de Jimaní cambió para siempre, pero el almanaque no borra las cicatrices del alma. Cada vez que el cielo se nubla y el suroeste se tiñe de gris temporal, el rugido de aquella madrugada resuena con una nitidez espantosa en la mente de los comunitarios. Jimaní sobrevivió, reconstruyó sus paredes, pero el recuerdo de Las 40 sigue vivo, como un recordatorio eterno de que la naturaleza tiene memoria y que el dolor de perderlo todo se hereda de generación en generación.
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