Jorge Muñoz S. me escribió por WhatsApp . Tres palabras bastaron: Murió Eduardo Palmer. Lo conocí donde se conocen los hombres que han decidido dedicar su vida a mirar, en Cinevisión, hoy canal 19, el improbable estudio cinematográfico del inquieto Johnny Dauhajre en Santo Domingo, en tiempos de Planeta 3 —el primer programa de debate político dominicano, que desde 1983 transmitió semanalmente para 16 países latinoamericanos, con Àlvaro Vargas Llosa y Jaime Bayly como voces habituales. Tío Camilo, Carra, había creado el piloto.
Recuerdo la reunión en que ambos acordaron que Jorge Muñoz sería el relevo. Tres hombres en un cuarto decidiendo quién continuaría la conversación. Hoy ese círculo se cierra con un mensaje de WhatsApp.
Pero Palmer había empezado a mirar mucho antes. En enero de 1959, con 6 cámaras y a color —detalle que habla de una ambición formal poco común para la época— filmó la entrada triunfal de Fidel Castro a La Habana. Tenía entonces su propia empresa, Cuba Color, donde Spencer Tracy dobló escenas de "El viejo y el mar".
El mismo hombre que ayudó a Tracy a capturar la soledad de un pescador frente al mar filmó luego la marea humana de una revolución.
La historia tiene esa crueldad, te pone en el centro de sus contradicciones sin pedirte permiso. Ese material se convertiría en "Gesta inmortal", un documental que con los años le incomodaría.
Hay imágenes que uno filma creyendo una cosa y que el tiempo convierte en otra. Palmer lo sabía mejor que nadie. Había documentado seis guerras latinoamericanas.
Sus ojos claros e inquisitivos habían visto la guerra de abril dominicana de 1965 con la misma cámara que había registrado el júbilo habanero de 1959. El júbilo y la metralla. La promesa y su fractura.
Salió de Cuba en 1960. En 1963 funda en RD nueva empresa, el Noticiero Nacional, y una filmografía imparable. Coprodujo "Vudú sangriento" (1973). Produjo dos películas que son hoy monumentos del cine cubano en el exilio: Los Gusanos (1978), de Camilo Vila, y Guaguasí (1983), de Jorge Ulla —ambas filmadas en suelo dominicano, como si la isla pudiera reconstituirse en otro lado con suficiente voluntad y suficiente luz. Docena de largometrajes. Quinientos programas de televisión. Más de cien documentales.
Indudablemente, Palmer fue una de las figuras más prolífica del cine cubano, dentro y fuera de la isla.
Desde 1996 vivía en Miami, produciendo aún, con programas en PBS y audiencia continental.
En 2015 publicó su autobiografía. Donó treinta y cinco títulos sobre Cuba a una emisora federal porque, dijo, era donde mejor podía estar ese material. Como si supiera que los ojos que lo habían filmado no durarían para siempre.
Eduardo Palmer documentó el siglo XX latinoamericano con una persistencia que hoy, cuando todo se graba y nada se preserva, resulta casi incomprensible. Tenía ojos azules, una cámara, y la certeza de que lo que ocurría merecía ser visto. Eso, al final, es todo lo que un cineasta necesita.
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